Habíamos cumplido con el tedioso periplo burocrático que exige la compra, siempre costosa, de derechos de una obra en EE.UU. y esperábamos con impaciencia la llegada del ansiado paquete desde el otro lado del charco. En él encontraríamos nuestro nuevo libreto en inglés, clave fundamental  y materia primera básica de un “Annie Junior”, que a golpe de ensayo y aderezado con la creatividad y motivación de nuestros intérpretes, se transformará muy pronto en una nueva creación con el inconfundible sello Glee Club.

La ceremonia de repartir las copias de los libretos, preñados de ese olor entrañable a libro nuevo, prosigue con la ansiada lectura de un guion que más tarde deberá ser asimilado y aprendido a conciencia. El nerviosismo crece cuando los jóvenes intérpretes comienzan a identificar en los recovecos de sus páginas los codiciados papeles principales y a esbozar en su imaginación cómo hacer suyos esos nuevos personajes, ahora todavía unos completos desconocidos, pero que pronto terminarán anidando en sus vidas.

Un corro de niños expectantes, con sus pares de ojos abiertos de par en par, esperan el reparto de papeles realizado por nuestra directora el primer día de ensayo. La decisión es compleja y la labor complicada: ¿Cómo encajar a cada niño, poseedor de cualidades vocales e interpretativas únicas, en el papel más adecuado? ¿Cómo vislumbrar cuál es el personaje  indicado para ayudarles a ofrecer lo mejor de sí mismos en un escenario? Un sexto sentido irá despejando esas dos incógnitas para que el elenco quede compuesto de manera armónica.

Las páginas repletas de diálogos serán marcadas, punteadas y subrayadas con la fruición que exige el concienzudo trabajo previo y ese blanco inmaculado e inerte de la obra recién salida de imprenta, irá ganando arrugas y vida con el manoseo obligado de las lecturas reiteradas en casa y los vaivenes en el local de ensayo.

Resulta curioso pensar que el origen de los libretos que hoy tenemos en nuestras manos,  reside en una tira de prensa diaria estadounidense, publicada por primera vez en 1924 en el periódico neoyorquino Daily News y que narraba las aventuras de Annie, su perro Sandy y su benefactor Oliver “Daddy” Warbucks. Quien le iba a decir a su creador, Harold Gray, que ese cómic, que llegó a alcanzar altas dosis de popularidad y a convertirse posteriormente en un programa de radio, en varias películas y en musicales estrenados en Broadway, acabaría siendo versionado por un grupo de niños más de 90 años después, en un pueblo madrileño situado a más de 5.000 kilómetros de distancia. Curioso, ¿verdad?

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